DEL ALMA DE LOS NIÑOS" (Mariano Arias)

He realizado muchos viajes, he visitado muchos países, en la guerra y en la paz, pueblos y naciones me han acogido con hospitalidad, la que un europeo recibe a menudo. A lo largo de ellos he conocido a mujeres y hombres y todos me han enseñado, cada uno a su modo, su arte y costumbres, su pensamiento, su cultura en suma. Las diferencias no me han incomodado, antes al contrario me han atraído, sólo ese espíritumercantil propio de las sociedades occidentales han importunado esos viajes , aunque proviniendo de Europa nada ello me era ajeno. Solo en cierta ocasión, en uno de los viajes a Israel he recibido una visión de Europa que llegó ha provocarme tal horror que todavía hoy, al cabo de unos cuantos años, no he olvidado ni creo que olvidar.

Es precisamente de ese viaje del que quiero hablar aquí. Yo desconocía que Israel había erigido un monumento como homenaje singular al holocausto de los niños judíos asesinados en los campos de concentración alemanes, conocía el Museo del Holocausto, pero no es específico dedicado a los niños. Conozco, como todos ustedes el horror de las cámaras de gas, la magnitud del odio y la violencia desatada hacia el pueblo judío. O mejor, puedo afirmar que no lo conozco: miles y miles de libros reproducen con la imagen o la palabra tal genocidio, películas y documentales también, pero conocer es cambiar la idea que se tenía de una cosa de tal suerte que el hombre no sea el mismo después. El monumento a los niños caídos en el holocausto judío es sencillo, simple, no hay retórica ni adornos superfluos, ni estatuas ni rostros, ni uno solo. Y sin embargo se ven a los niños, yo los vi, vi a los niños, vi sus nombres grabados en la conciencia, como vi el Mediterráneo y su azul celeste rodeando a todo y a todos, a las islas griegas y a Chipre, a Mallorca y a la costa valenciana, a Egipto y a Palestina, como vi, es cierto, el mar sobre el que se construyo Europa, y al final la idea de Europa, es decir nosotros. Diría que no hay rostros, ni inscripciones ni adornos museísticos porque se trata de hablar del horror, y no de retórica capaz de describirlo, lo único que se reclama del visitante es que‚ esté ‚ ahí, quieto que vea y escuche.

Deberíais visitar este monumento, como lo hice yo, sin saber en absoluto entonces que lo que me iba a mostrar era la vergüenza líquida, pura, del género humano, la vergüenza de haber nacido en Europa, y ser herederos naturales de la maldad que la habita, de la traición y la pena de familias masacradas por la idea de Raza, Paz y Muerte. Tres ideas confusas que giran todavía alrededor del espíritu humano y que conmueven a ideologías actuales. Si debo contar lo que vi, debo hacerlo aún sabiendo que la conmoción no vale ni un segundo de lo que vi pues no era para contar, esa es la cuestión, sino o para ver, o mejor para ver mirando, pues a fuerza de ver y no de mirar  se acostumbra al espíritu contemporáneo a contemplar pasivamente el horror de la humanidad.

Pero ese día en que Jerusalén había amanecido como el Mar Mediterráneo, de azul celeste, visitamos el monumento. Puedo describirlo como una cueva excavada en la cima de una montaña, con un pasillo de unos diez metros que recorren la oscuridad más absoluta la caverna horadada en la montaña. Tan sólo una barra metálica sirve como única guía de la mano en el recorrido. Y lo que vi entonces fue lo que me hizo maldecir, maldecir a todos y a cada uno de los que habían protagonizado el genocidio, maldecir que es señalarnos a nosotros y a nuestro tiempo, no sólo la historia pasada sino el presente que nos oxida y el futuro que nace abortado. No vi ni una sola imagen, ni un cuerpo ni un vestido, nada, ya lo dije, ni la sangres de los niños, o mejor, lo vi todo, vi todas las caras, todas las imágenes y todos los cuerpos, uno a uno en el si lencio de esa mañana ajada por sombras no teñidas de una sola palabra que exigiera clemencia ni tampoco venganza. Lo vi todo. Vi, es verdad, lo que jamás persona alguna pueda ver ante simple espejo y creo que quien haya creado tal maravilla difícilmente podrá crear otro homenaje más perfecto, con tal fuerza y convicción.

Vi, en el centro geométrico de la oscura caverna, la llama de una solitaria vela, llama que es símbolo del alma para los pueblos semitas, y alrededor de ella una precisa y sofisticada arquitectura de pequeños espejos, apenas perceptibles, que reflejaban sobre el espacio vacío la llama original. Sólo eso, millones de llamas parpadeando, millones de almas palpitando desde todos los puntos de la esfera, desde todos los ángulos posibles de visión de la esfera, pues eso es lo que era la caverna, negra como el cosmos, negra como la noche, negra y pura, infinita y eterna como la del alma semita. Lo aseguro, no hay artificio más simple e inocente y a la vez más potente y demoledor para la visión que ‚se, nada puede crear un efecto tan convincente y tan mágico, tan efectivo y simbólico y a la vez tan real. Pues el alma de la llama encendida en el centro reproducía la de cada uno, su sentimiento y su fuerza, su impotencia y su pasión, desde luego la del alma del niño. Y recorrer el pasillo de diez metros era recorrer el pasado de Europa, el de la historia de cada uno, regresar, por un vuelco imparable de la conciencia, a los millones de seres asesinados, a los millones de almas que como estrellas fugaces o parpadeantes en el cielo nocturno parecían estar presentes en el instante de la visión. Y cuando ya el corazón palpitaba, la emoción embargada y la mente se había llenado de fosforescentes imágenes de niños y pensamientos una voz, ronca, monocorde, implacable nombraba, nombraba eternamente, en todos los idiomas de todas las naciones, día y noche, a todos y cada uno de los nombres de todos los niños que aquellas llamas representaban.

Vayan a visitar ese holocausto a los niños. Entren con cuidado, en silencio, con el respeto que merecen los muertos, todos los muertos de todas las almas de todos los pueblos de toda tierra. Y cuando salgan de la caverna habrán comprendido, porque entonces sí habrán conocido el sabor del horror, de la guerra y el de Europa. Y cuando las lágrimas cubran implacables los ojos comprenderán por qué‚ tal maravilla nos dejó, a quienes habíamos finalizado el recorrido, con la náusea en el cuerpo, y un ahogo, una opresión cerrada en la garganta. Mudos, sin habla, vagando por la colina, solos, bajo el cielo azul y el calor y sabor a la tierra del desierto de Judea, contemplamos, a nuestros pies, una ciudad, la de Jerusalén, una ciudad cualquiera ante una conciencia cualquiera que ese día aparecería borrosa ante nuestros ojos. Muchas gracias.

 


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